Por Sara D. Mateo
Los que decidan leer este artículo tendrán gran provecho de él, si son capaces de centrarse en el contenido esencial del mismo, en lo que queremos transmitir en este DÍA DE LAS MADRES. ¿Cómo? Que las mujeres que lo lean sean libres de verdad, se despojen de las ataduras que muchas veces se proyectan en discursos disonantes, cuando desintegramos esta realidad preciada de la maternidad en otras realidades que no compiten con ésta, cuando disociamos esta realidad preciada en otras realidades, que la tratan de hacer menos importante, incluso a veces, hasta propiciar un rechazo de este don divino, de ser madre.
Las mujeres que por múltiples razones no han dado a luz, unas porque no han podido, otras porque lo han decidido así, otras por miedos, en fin, por razones disímiles, no debían tratar de disminuir esta realidad para amplificar la propia, todas y cada una de las mujeres tenemos esa virtud, aun aquellas que no han sido madres poseen ese potencial maternal interno que las define en la vida en todas sus acciones, luchas y emprendimientos de vida, no rechacemos la forma particular y específica, “única e irrepetible” de cada mujer al expresar la maternidad como esencia propia. Puede no ser un niño, una niña, lo que traigan a este mundo, todo lo que hagan estará permeado por la maternidad, un emprendimiento, una acción, un modo de vida, todo está impregnado de ese sentimiento único de vivir en el mundo y dar frutos.
Aquellas que, sí han parido sus hijos, saben lo profundo de la entrega que es la maternidad, los contrastes que se viven unidas a esa persona que viene a este mundo a través de nosotros como puentes de vida.
Aún a mi edad, que ya es bastante, llena de experiencias y sabiduría por una larga vida, puedo estar en contacto con mi madre, a través de sus enseñanzas, de su acompañamiento y entrega para mí y mis hermanos a lo largo de su vida maternal, mucho me ha dado y mucho he recibido de esa persona especial que Dios Padre me escogió como madre y siento con firmeza mi vínculo actual con ella en todo lo que vivo que, gran parte fue legado por ella y forma parte importante también de la persona que he sido, que soy y que seré. No hay nada que sea más importante que la identidad personal y única de cada ser humano y esta realidad está muy enmarcada a la vida de la mujer que recibió en su propia vida, la mía.
El ser madre hace que la mujer sea la creación más perfecta de Dios, abarca la sensibilidad, belleza, delicadeza; en perfecto contraste con la fuerza, la firmeza y la ciega entrega de la madre. Cada mujer lleva dentro de sí, esta realidad que fluye, en su máximo esplendor, cuando podemos ser puentes de vida. El ser mujer es ya un hecho maravilloso, pero cuando en ella florece la maternidad, que todas llevamos dentro, que fluye a lo largo de nuestras vidas de manera natural y espontánea, entonces estamos en presencia del misterio más asombroso de Dios.
Madre es entrega, supera la inexperiencia, los errores, está por encima de los prejuicios y los juicios, todo fluye dentro de la mujer, los desvelos, los sacrificios, salen de ella naturales, incluso aquellas madres que han podido solamente ejercer su maternidad al servir de puente en el embarazo y nacimiento de sus hijos, sin que hayan logrado ejercerla a lo largo de sus vidas, pues Dios Padre, en Su Voluntad, ha decidido llevarlos con Él y esas madres han acompañado a sus hijos por ese tiempo, dándole el soporte, brindándole el mejor lugar de vida, su entrega y cuidados; entonces el dolor de la pérdida nunca puede ser mayor que el gozo divino de que “todo está cumplido” y esa esencia de vida queda ya inscrita en ellas para siempre -dentro del dolor de su pérdida- y con el tiempo no se borra el hecho de ser la madre de esa criatura aun no compartiendo su vida terrena, pues la fuerza del amor materno está ahí en nosotras, como valiosa herencia de María Santísima.
Mujeres todas, no desperdiciemos este privilegio único de nosotras, que no puede dejarnos indiferentes, aceptemos con paz todo reto de la vida materna, no necesitamos que otros entiendan, ni que otros nos valoren, ni publicarnos, ni competir con otros roles; el nuestro es capaz de superar todo lo que nos toca, y así, ejerciendo nuestra maternidad, lograremos el éxito de vida, la independencia, la libertad, la felicidad. Sólo así podríamos ser “empoderadas”, bellas, inteligentes, podremos desarrollar y realizar talentos y capacidades en nuestras vidas, al mantener realizada la primera y más importante misión de vida, el ser madre, lograremos realizar todo nuestro caudal.
Seamos firmes ante la misión más abarcadora y sublime de la vida para la que fuimos elegidas, lo que nos confiere la dignidad más elevada. El Ser: ¡Mujer — Madre!
FELICIDADES A TODAS LAS MADRES, a las que aún estamos aquí en la tierra y a las que ya partieron, dejando sus frutos para el Bien común de la vida.
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